¿Por qué nos gustan las emociones fuertes?

Puse en mi reproductor de DVD una película japonesa de horror. Me la recomendó Jorge, un buen amigo del trabajo, adepto a este tipo de cine.

En menos de 20 minutos ya había saltado dos veces. Mi departamento estaba oscuro, nadie más en casa. La trama de la película era bastante estúpida, pero las secuencias de terror eran muy efectivas: mujeres con cabelleras larguísimas y ojos extraños caminaban por el techo, aparecían en segundo plano cuando la atención estaba puesta en otra parte, o bien, salían del televisor, escurriendo agua y caminando como robots, pero muy a prisa. Cuando terminó la película encendí las luces. Miré hacia todas direcciones, aseguré las puertas y las ventanas y traté, en vano, de dormir.

El estado alterado en que me encontraba poco tenía de placentero, sin embargo, al día siguiente, saliendo de la oficina, lo primero que hice fue correr al videoclub para rentar la segunda parte de la película.

Cuando estaba a punto de ponerle play, me hice una pregunta: ¿si esta película me hizo sufrir tanto, por qué quiero ver otra que seguro resultará todavía más aterradora?
Desistí por un momento y telefonee a mi amigo Jorge, básicamente para preguntarle por qué las emociones fuertes le resultaban tan atractivas.

“No lo sé, supongo que es la adrenalina”, contestó en automático. Eso me hizo recordar que Jorge es todo un experto en la materia: practica paracaidismo, le encanta asistir a peleas de box y tiene una extraña fijación por hacer “travesuras” con su novia en lugares públicos, donde sería muy fácil que los descubrieran.

Eso me llevó a preguntarme: ¿será que Jorge ha desarrollado una adicción a la adrenalina? ¿Es esto posible o es simplemente un mito urbano?

Investigando un poco, descubrí que la adrenalina es una sustancia segregada por las glándulas suprarrenales, y que en dosis importantes puede estimular el ritmo cardiaco, dilatar las pupilas, aumentar la presión arterial y hasta enviar un mensaje al cerebro para que produzca dopamina, una sustancia que, entre otras cosas, provoca una sensación placentera, como una droga. Ahí está el secreto de la supuesta adicción.

Pero ¿para qué necesitamos las emociones fuertes? Supongo que cuando el hombre primitivo tenía que matar a mano a sus presas y correr muy rápido para no convertirse en una, la adrenalina era una fuente primordial de combustible, un estímulo que nos permitía reaccionar ante situaciones extremas y ser más capaces de efectuar maniobras que de otra forma resultarían complicadísimas, como trepar a un árbol o correr 100 metros en 15 segundos.

En nuestros días, conseguir alimento es cuestión de trabajar e ir al supermercado. No tenemos que huir más que de los aburridos compromisos familiares y muy rara vez requerimos emplear la fuerza bruta.

¿Será que por eso vemos películas de terror, saltamos al vacío y apostamos en los caballos? Supongo que, de alguna manera, aún tenemos el anhelo inconsciente de sentirnos un poco más vivos, más reales y, por qué no, más en peligro. Ya con las ideas más claras, puse las palomitas en el microondas y pulsé el play en mi control remoto. Tan pronto como el primer horrendo asesinato estaba apunto de ocurrir, mi corazón se aceleró, y hubiera comenzado a sudar de no ser porque uso un muy efectivo antitranspirante. No cabe duda que la vida moderna tiene muchas ventajas.

Checa estos videos llenos de emociones fuertes:




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